La aviación naval chilena es una de las ramas aéreas navales más completas y equilibradas de Sudamérica. Desde la Base Aeronaval de Concón, en la región de Valparaíso, sus aeronaves han vigilado durante décadas una de las Zonas Económicas Exclusivas más extensas del planeta. Hoy la fuerza atraviesa un momento bisagra. Sus veteranos P-3ACH Orion se acercan al final de su vida útil y Canadá ha ofrecido cuatro CP-140M Aurora para reemplazarlos. La negociación, que avanzó durante todo 2026, definirá la capacidad de exploración aeromarítima de Chile por las próximas dos décadas. Así está hoy una fuerza que combina patrullaje oceánico, helicópteros embarcados y una tradición que se remonta a los orígenes de la aviación militar en el país.

Un siglo de alas sobre el mar
La Armada de Chile fue pionera en la aviación naval sudamericana. Sus primeros pasos se dieron a comienzos del siglo XX, cuando la institución formó a sus primeros pilotos y estableció estaciones aeronavales con hidroaviones en la costa central del país. Aquella primera aviación naval operó durante la década de 1920 con material británico e italiano, y llegó a desarrollar una doctrina propia de cooperación con la escuadra.
Ese primer capítulo se cerró de forma abrupta. En 1930, el gobierno fusionó los medios aéreos de la Armada y del Ejército para crear la actual Fuerza Aérea de Chile. La institución naval quedó sin alas propias durante más de dos décadas, un período en el que la exploración aeromarítima dependió de una fuerza aérea concentrada en otras prioridades.
La Armada recuperó su rama aérea en 1953, cuando el Estado autorizó la recreación del servicio con helicópteros y aviones livianos. Desde entonces, la fuerza creció de forma sostenida alrededor de dos misiones centrales: la exploración aeromarítima y el apoyo directo a la escuadra. La Base Aeronaval de Concón, junto al aeródromo de Torquemada, se consolidó como el corazón operativo del sistema. Destacamentos aeronavales en Talcahuano, Punta Arenas y Puerto Williams extendieron su alcance hasta los canales patagónicos, el estrecho de Magallanes y el territorio antártico.
Ese despliegue no es casual. Chile controla espacios marítimos que superan varias veces su superficie terrestre, con responsabilidades de búsqueda y rescate que se extienden hasta la Polinesia. La fiscalización pesquera, el control del tráfico ilícito y la soberanía sobre pasos oceánicos estratégicos exigen presencia aérea permanente. La aviación naval chilena construyó su identidad sobre esa geografía extrema, desde las costas del desierto de Atacama hasta el paso Drake.
Patrullaje marítimo: el músculo de la fuerza
El componente de ala fija concentra la capacidad más estratégica de la fuerza. Su columna vertebral son los dos P-3ACH Orion, adquiridos a Estados Unidos a comienzos de la década de 1990. La Armada incorporó entonces ocho células, entre versiones antisubmarinas P-3A y de transporte UP-3A. La mitad entró en servicio activo y el resto se destinó a instrucción técnica del personal de tierra y a la provisión de repuestos.
La decisión de sostener al Orion en el tiempo derivó en uno de los programas de modernización más profundos de la región. La canadiense IMP Aerospace ejecutó entre 2017 y 2021 el programa Albatros IV sobre los dos P-3ACH operativos. Los trabajos incluyeron el reemplazo completo de alas y estabilizadores, una intervención estructural mayor que extendió la vida útil de cada célula a más de 15.000 horas de vuelo, equivalentes a unos 20 años de uso operativo.
El resultado está a la vista. Los Orion chilenos han sostenido patrullas de más de doce horas sobre la Zona Económica Exclusiva, con despliegues constantes de monitoreo de flotas pesqueras extranjeras en el Pacífico. A esas misiones se suman tareas de inteligencia electrónica, designación de blancos más allá del horizonte para las fragatas de la escuadra y operaciones de búsqueda y rescate en alta mar.
Los tres C-295 MPA Persuader complementan a los Orion en el patrullaje de mediano alcance. Estos bimotores de Airbus, incorporados en la década de 2010, aportaron sensores modernos y costos de operación sensiblemente menores. Su radar de vigilancia marítima y su sistema de misión les han permitido asumir buena parte del control de superficie en la zona central y norte del país.
El tercer escalón lo integran plataformas más modestas pero de enorme rendimiento. Los EMB-111AN, en servicio desde fines de los años setenta, fueron durante décadas el caballo de batalla de la exploración costera y todavía suman horas de vuelo. Los siete Vulcanair P-68 Observer, incorporados en la última década, han asumido la fiscalización pesquera de corto alcance y el control del litoral. Con dos motores de pistón y sensores electroópticos, cada hora de vuelo del P-68 cuesta una fracción de lo que demanda una plataforma mayor. La formación de los pilotos navales descansa en los Pilatus PC-7 Turbo Trainer, que cubren la instrucción básica y avanzada antes del paso a las aeronaves operativas.
El ala rotatoria: del buque a la Antártica
Los helicópteros son el otro pilar de la aviación naval chilena y su vínculo más directo con la escuadra. Los AS532SC Cougar constituyen la punta de lanza del componente embarcado. Estas máquinas de origen francés han operado desde las fragatas de la flota con capacidad antisuperficie, incluida la integración del misil Exocet AM-39, y con equipamiento para la guerra antisubmarina. Un Cougar embarcado extiende el radio de detección y ataque de una fragata en cientos de kilómetros, y esa ecuación explica su valor dentro del planeamiento naval chileno.
Los AS365N Dauphin cumplen el rol de utilitario embarcado por excelencia. Han volado misiones de búsqueda y rescate, enlace logístico y evacuación médica desde cubiertas de buques y desde los destacamentos costeros. Su tren retráctil y su tamaño contenido los hacen aptos para operar desde unidades menores donde el Cougar no cabe.
El segmento liviano combina tres tipos. Los veteranos Bo-105 han servido durante décadas en tareas de instrucción y enlace. Los H125M Ecureuil aportaron una capacidad moderna de entrenamiento y apoyo general, con la robustez característica de la familia Écureuil en climas extremos. Los Bell 206B completan el conjunto en misiones de instrucción de vuelo.
Donde el ala rotatoria naval chilena no tiene rival regional es en el extremo austral. Los helicópteros de la fuerza han sido protagonistas de evacuaciones médicas en los canales patagónicos, de apoyo a faros y alcaldías de mar aisladas y de operaciones antárticas en condiciones que pocas fuerzas del continente enfrentan de forma rutinaria. Volar en Magallanes, con vientos que superan los 100 kilómetros por hora y ventanas meteorológicas de minutos, forjó una escuela de pilotos que la institución considera un activo tan valioso como sus aeronaves.
CP-140 Aurora: el reemplazo que espera en Canadá
El futuro de la exploración aeromarítima chilena se define hoy en Ottawa. Canadá ofreció a la Armada cuatro CP-140M Aurora, la versión canadiense del P-3 Orion, que la Royal Canadian Air Force está retirando a medida que recibe sus catorce Boeing P-8A Poseidon del programa Canadian Multi-Mission Aircraft. La propuesta contempla la transferencia de dos aviones en el corto plazo hacia Concón, mientras otras dos unidades completan mantenimiento de nivel depot en territorio canadiense antes de su entrega.
Las gestiones avanzaron durante 2026. En enero, representantes de IMP Aerospace se reunieron con la Dirección General de los Servicios de la Armada de Chile. La empresa ofreció apoyo integral al proceso en caso de acuerdo entre ambos gobiernos, incluyendo la puesta en vuelo ferry de las dos primeras células, el hangaraje de las aeronaves y la recepción en su fábrica de un oficial y tres suboficiales de la Aviación Naval. La invitación se enmarcó en una gestión directa del gobierno de Canadá hacia la institución chilena.
En mayo, una delegación de la Aviación Naval visitó a Ultra Maritime, otro actor clave de la industria canadiense. La empresa presentó su experiencia en guerra antisubmarina para la familia P-3 y las capacidades de sus sonoboyas, un insumo crítico para cualquier operador de patrulla marítima que aspire a sostener la caza de submarinos como misión real y no declarativa.
El Aurora no es un Orion cualquiera. Construido sobre la célula del P-3 pero equipado originalmente con sistemas derivados del S-3 Viking, recibió sucesivas modernizaciones que incorporaron radares avanzados de vigilancia marítima, sensores electroópticos y sistemas de misión actualizados. Su alcance ronda los 9.300 kilómetros, con más de ocho horas de autonomía y una velocidad máxima cercana a los 694 kilómetros por hora. Para una fuerza que debe cubrir el Pacífico Sur y el océano Austral, esas cifras marcan la diferencia entre vigilar y llegar tarde.
La relación previa con IMP Aerospace juega a favor de la operación. La misma empresa que modernizó los P-3ACH chilenos conoce la célula, conoce al cliente y mantiene la cadena logística activa. Para la Armada, el Aurora representa una continuidad con riesgo técnico acotado: la transición desde el Orion sería casi natural para tripulaciones y mecánicos formados en la misma familia de aeronaves.
Ahora bien, conviene dimensionar la operación en su justa medida. En nuestro análisis, el CP-140M funcionaría como una solución puente antes que como la modernización definitiva de la exploración aeromarítima chilena. Se trata de células con más de cuatro décadas de servicio que Canadá retira precisamente porque llegaron al final de su ciclo. El Aurora compraría tiempo y disponibilidad, no una capacidad de nueva generación.
Aviación naval chilena: una fuerza en transición
La aviación naval chilena llega a este punto con una ventaja que pocas fuerzas de la región pueden exhibir: continuidad. Ha mantenido operativa su capacidad de patrullaje oceánico sin interrupciones durante más de tres décadas, ha modernizado sus plataformas a tiempo y ha construido una relación industrial sólida con Canadá que hoy facilita el recambio de su flota principal.
La comparación regional refuerza el punto. Mientras otras aviaciones navales del continente perdieron capacidades enteras por falta de recambio, la fuerza chilena sostuvo un ecosistema completo: patrulla de largo alcance, patrulla media, fiscalización liviana, helicópteros embarcados y entrenamiento propio. Esa arquitectura escalonada le permitió asignar a cada misión la plataforma de costo adecuado, sin quemar horas de Orion en tareas que un P-68 resuelve.

Mirando más allá del Aurora, el horizonte lógico de esta transición apunta al Boeing P-8A Poseidon. Vale aclarar que no existe hoy ninguna confirmación oficial ni programa de compra en curso, y lo que sigue es lectura propia. La trayectoria de la Armada sugiere ese camino: es la plataforma que adoptó Canadá, su socio industrial de referencia, y la que ya opera o encargó buena parte de las marinas del Pacífico con las que Chile se ejercita, de Estados Unidos a Corea del Sur. Si los Aurora llegan a Concón, su rol más probable sería sostener la vigilancia oceánica durante la próxima década mientras la institución construye el caso presupuestario para un salto real de capacidad.
Si la negociación por los Aurora se concreta, la Armada asegurará la continuidad de sus ojos sobre el mar chileno con cuatro células adicionales, el doble de las que opera hoy. En un Pacífico cada vez más presionado por flotas pesqueras extranjeras, rutas de los narcoterroristas que suben por el corredor oriental del océano y un tráfico marítimo creciente hacia los pasos australes, esa capacidad vale más que nunca. La fuerza que nació con hidroaviones hace un siglo se prepara para su próximo salto sin haber dejado nunca de volar.
Si no querés perderte ninguna novedad sobre seguridad regional y crimen organizado en América Latina, suscribite a El Debriefing, el newsletter de Gordos Defensa.









