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Un C-130 Hércules resolvió una falla en el tren de aterrizaje antes de aterrizar en Río Gallegos

C-130 Hércules TC-64 de la Fuerza Aérea Argentina en rodaje con otro Hércules al fondo

La Fuerza Aérea Argentina informó que el 21 de julio una aeronave C-130 Hércules despegó de la I Brigada Aérea «El Palomar» con destino a la X Brigada Aérea «Río Gallegos» y presentó una novedad técnica durante el trayecto. Al aproximarse al Aeropuerto Internacional «Piloto Civil Norberto Fernández», la tripulación solicitó efectuar un circuito de espera para verificar una falla en el sistema del tren de aterrizaje principal.

Tras la espera en zona de seguridad, el personal a bordo aplicó los procedimientos normados y de emergencia previstos para este tipo de situaciones. Una vez verificada la condición de la aeronave, el aterrizaje se concretó sin inconvenientes y en tierra se activaron los protocolos preventivos correspondientes. La Fuerza Aérea destacó el profesionalismo, el adiestramiento y la rápida actuación de la tripulación para resolver la contingencia garantizando la seguridad operacional.

Lo que el episodio deja en evidencia

El desenlace fue el correcto y el mérito de la tripulación es indiscutible. Pero conviene decir lo otro, porque una tripulación que resuelve bien una emergencia no elimina la causa que la originó.

No es un caso aislado. En febrero de este año, el C-130H TC-66 debió regresar a El Palomar por una novedad en uno de sus motores cuando se dirigía a Dinamarca en el marco del programa F-16. Cinco meses después, el mismo Hércules resuelve una falla de tren de aterrizaje en el aire. Dos episodios en el mismo año sobre una flota que ya opera al límite.

Una flota que trabaja contra el reloj

El primer C-130 argentino, el TC-61, se incorporó en 1968 y hoy permanece fuera de servicio por hallazgos estructurales detectados durante su inspección en FAdeA. El L-100 TC-100 lleva años inactivo a la espera de definiciones sobre su modernización. El TC-60, incorporado desde Estados Unidos en 2023, arribó sin modernización de aviónica y esa actualización sigue pendiente.

El programa de modernización ejecutado por FAdeA fue un trabajo serio y necesario: le devolvió vida útil y capacidades a células que de otro modo estarían fuera de línea. Pero conviene entender qué es exactamente lo que hace un programa de este tipo. Una modernización actualiza aviónica, remueve obsolescencias y extiende horas disponibles. Lo que no hace, porque no puede, es reiniciar el reloj estructural de un fuselaje que lleva cinco décadas acumulando ciclos de presurización, aterrizajes y horas de vuelo en ambientes exigentes.

El caso del TC-61 lo ilustra sin necesidad de análisis adicional: los hallazgos estructurales aparecen, y cuando aparecen no hay kit de modernización que los resuelva.

El problema no es técnico, es de planificación

La flota de Hércules es la columna vertebral del transporte pesado argentino. Sostiene la Campaña Antártica, el puente logístico con la Patagonia, el apoyo ante emergencias y catástrofes, y ahora también la cadena de abastecimiento del programa F-16. Cada una de esas misiones descansa sobre un número muy acotado de células, varias de las cuales superan el medio siglo de servicio.

Mientras tanto, la región avanzó por otro camino. Chile, Colombia, Uruguay y Perú incorporaron Hércules adicionales aprovechando excedentes de Estados Unidos y España. Argentina evaluó operaciones similares en distintos momentos y no las concretó, con la excepción del TC-60.

La discusión de fondo no es si la tripulación actuó bien, porque actuó bien. Es cuántos episodios de este tipo hacen falta antes de que la renovación de la flota de transporte deje de discutirse como un proyecto a futuro y pase a tratarse como lo que es: una necesidad operativa con fecha de vencimiento. Estirar células tiene un límite físico, y ese límite no lo define el presupuesto sino la estructura del avión.

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