Visitamos las instalaciones del Laboratorio y Depósito de Remonta y Veterinaria 601, donde funciona la Sección Perros de Guerra del Ejército Argentino. Allí, personal especializado nos guió por el proceso completo que transforma a un cachorro de Ovejero Belga Malinois en un can operativo capaz de trabajar en búsqueda y rescate, seguridad y detección. Recorrimos el sector de cría, la pista de obstáculos y presenciamos una demostración con ejemplares adultos ya integrados a sus binomios.
Todo empieza en las primeras semanas
El Malinois es la raza elegida por su combinación de inteligencia, energía y capacidad de trabajo. Esa misma intensidad exige un entrenamiento constante que arranca mucho antes de lo que uno imagina: la formación no comienza cuando el perro es adulto, sino en las primeras semanas de vida.
Durante las tres primeras semanas los cachorros son absolutamente dependientes de la madre. Solo comen, duermen y realizan movimientos mínimos a su alrededor. Entre las tres semanas y los dos meses aparece el primer cambio significativo: empiezan a moverse, a jugar entre ellos y a iniciar su socialización con los hermanos de camada. Aunque ya se los ve independientes, todavía necesitan de la madre para cerrar esa fase.
El punto de inflexión llega después de los dos meses. Es la etapa que el personal del Laboratorio describe como decisiva, porque todas las experiencias físicas y sensoriales que atraviese el cachorro en ese período van a definir su carácter como animal adulto. Es el momento de exponerlo a ruidos, a la presencia de personas, a ambientes distintos y a todo tipo de estímulos, siempre respetando el ritmo de aprendizaje de cada animal y cuidando que el proceso no derive en situaciones de estrés.
Ya en la etapa de trabajo, la rutina se sostiene sobre tres pilares: actividad física diaria de una a tres horas, estimulación mental y refuerzos positivos que mantienen vivo el entusiasmo del animal por aprender. Los paseos, las carreras y el trabajo en la pista de obstáculos cubren lo primero. El juego con elementos, donde el perro debe usar sus sentidos e interactuar con el instructor, cubre lo segundo.


La pista no es un juego
Uno de los puntos más interesantes de la visita fue el recorrido por la pista de obstáculos. La aclaración que nos hicieron desde el primer momento es que no se trata de un espacio de esparcimiento sino de entrenamiento funcional: cada obstáculo reproduce una situación concreta que el animal va a enfrentar en operaciones reales.

La torre es la estructura más compleja del circuito. Combina una escalera inclinada, una rampa, un túnel en altura y una rampa angosta. La escalera deja espacios entre los peldaños de manera deliberada, para que el perro vea el vacío mientras asciende y aprenda a dominar el vértigo. La rampa, por su parte, lo acostumbra a desplazarse por planos inclinados, una destreza directamente aplicable al trabajo en zonas de montaña o sobre estructuras colapsadas.
El túnel trabaja sobre otro miedo: el de los espacios cerrados. El animal debe ingresar solo, sin ver a su guía, y mantener la calma en la oscuridad sin saber si hay salida. Simula escombros, alcantarillas y derrumbes. A la salida del túnel en altura aparece la rampa angosta, que obliga al perro a caminar lento y con precisión sobre el vacío, reproduciendo vigas, puentes y techos.
Los túneles a nivel del piso cumplen la misma función que el túnel elevado, sin el componente de altura. La escalera horizontal combina dos exigencias: caminar sobre un espacio vacío y hacerlo con la precisión que demanda una superficie estrecha.

La empalizada es el obstáculo más versátil del circuito, porque tiene altura regulable. Eso permite entrenar cachorros desde edades tempranas e ir elevando la exigencia a medida que crecen. A un metro de altura se trabaja el ingreso por ventanas y el ascenso a vehículos; por encima de esa marca, el salto de paredes. Las vallas, finalmente, funcionan como iniciación al salto en altura y preparan al animal para superar obstáculos de todo tipo.
El binomio: cuatro objetivos
La demostración con ejemplares adultos dejó en claro que el trabajo no se mide por el rendimiento del perro sino por el del binomio, la unidad indivisible que forman el animal y su guía. Ese binomio se evalúa sobre cuatro objetivos concretos.


El primero es la condición física, que debe permitirle afrontar con éxito las situaciones extremas propias de la actividad militar. El segundo es la confianza, que funciona en ambas direcciones: el perro confía en su guía y en las órdenes que recibe, y el guía confía en su perro y en su obediencia. El tercero es el control y la disciplina, es decir, que frente al miedo o la excitación el animal responda igual que en calma. El cuarto es el manejo de destrezas, la capacidad de operar en escenarios diversos: búsqueda y rescate de personas, seguridad, detección y toda situación que plantee la actividad operacional.
La síntesis de todo el trabajo nos la dieron con una frase que resume la filosofía del lugar mejor que cualquier explicación técnica: «El perro no se entrena para pasar la pista, la pista entrena al perro para la actividad operacional».

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