La Fuerza Aérea de Chile cerró su participación en Salitre 2026 el pasado 12 de julio, tras poco más de dos semanas de operaciones desde la base aérea Cerro Moreno. Voló junto a fuerzas de Argentina, Brasil, Colombia, Estados Unidos y Paraguay, y puso sobre la mesa sus F-16, el avión de alerta temprana E-3D Sentry y sus medios de reabastecimiento. Ese despliegue reunió, bajo un mismo mando, las tres capacidades que rara vez conviven en una fuerza aérea latinoamericana: caza polivalente en plena modernización, vigilancia aeroespacial estratégica y autonomía logística propia.
Una potencia aérea forjada en la geografía
La institución nació en 1930 y figura entre las fuerzas aéreas independientes más antiguas del mundo. Casi un siglo de continuidad le dio una profesionalización y una doctrina que se notan en cada rama de su inventario. Su territorio explica buena parte de sus decisiones: un país tricontinental que se estira más de 4.000 kilómetros de norte a sur, con presencia insular en el Pacífico y una base permanente en la Antártida.
Para cubrir esa extensión, la fuerza se organizó en cinco Brigadas Aéreas desplegadas de norte a sur, cada una responsable de un sector del territorio. Esa arquitectura le permitió concentrar caza en el norte, sostener el grueso logístico en la zona central y mantener presencia en el extremo austral. La geografía, más que cualquier vecino, moldeó la forma del instrumento aéreo.
El otro pilar fue industrial. La Empresa Nacional de Aeronáutica (ENAER) le dio a Chile una capacidad que casi ningún país de la región posee: fabricar sus propios entrenadores, modernizar aviónica y sostener flotas complejas dentro de sus fronteras. Esa autonomía redujo la dependencia externa y transformó a la institución en un actor con peso propio en la industria aeroespacial latinoamericana. Sobre esa base de tradición, despliegue e industria se apoya todo el orden de batalla que sigue.
Superioridad aérea: los F-16 como columna vertebral
El corazón de la aviación de combate chilena descansa en unos 44 cazas F-16 Fighting Falcon. La institución adquirió diez F-16C/D Block 50 nuevos a Lockheed Martin dentro del programa Peace Puma, firmado en 2002 y recibidos desde 2006. A esa dotación sumó 36 F-16AM/BM de media vida (MLU), comprados usados a los Países Bajos y entregados entre 2006 y 2011. Con esa flota, Chile consolidó la fuerza de caza más numerosa y homogénea del Cono Sur.

El proceso no se detuvo ahí. La fuerza avanza en la modernización de sus F-16 al estándar M6.6, un programa valorado en torno a 177 millones de dólares con ejecución repartida entre Estados Unidos y las instalaciones de ENAER en Antofagasta. La actualización incorporó mejoras de aviónica, comunicaciones, radar y compatibilidad con armamento avanzado, y proyecta la vida útil de la flota más allá de 2040. En paralelo, la institución estandarizó el esquema de pintura de sus Block 50 para uniformarlos con los MLU.
El sostenimiento a largo plazo también quedó cubierto. En febrero de 2026, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos adjudicó a BAE Systems un contrato de apoyo y mantenimiento por 98,8 millones de dólares, el primero de ese tipo que involucró directamente a Chile dentro del programa global del F-16. La suma de modernización y soporte confirmó una gestión previsible del ciclo de vida. Es la base sobre la que se apoya todo el resto del sistema.
Ataque ligero: del F-5 Tigre III al Super Tucano
Por debajo de los F-16, la fuerza mantiene dos escalones de ataque. El más veterano lo forman los F-5E/F Tigre III, modernizados en su momento con radar israelí y capacidad de misiles de mediano alcance. Estos cazas todavía cumplen tareas de defensa aérea y ataque, pero acumulan décadas de servicio. El propio Ministerio de Defensa reconoció en 2026 que, si bien funcionan con buen estándar, el desafío de reemplazarlos ya figura en la planificación institucional.

El segundo escalón aportó una capacidad distinta. Los A-29B Super Tucano, turbohélices de ataque ligero, cubrieron misiones de patrullaje, entrenamiento avanzado y apoyo a un costo operativo muy inferior al de un reactor. Su versatilidad los volvió una herramienta ideal para vigilancia de fronteras en escenarios de baja intensidad. En una región donde los narcoterroristas presionan los límites nacionales, ese tipo de plataforma sumó valor real.
La coexistencia de F-5 y A-29B ilustró una doctrina eficiente: reservar el caza pesado para la disuasión y delegar en el turbohélice las tareas rutinarias. El futuro reemplazo de los Tigre III definirá la próxima década de la fuerza. Las opciones sobre la mesa oscilaron entre un lote adicional de F-16 de segunda mano y una plataforma más moderna, aunque hasta ahora no hubo una decisión firme. Lo que quedó claro es que la ventana para decidir se acorta año a año.
Los ojos del Cono Sur: el E-3D Sentry
Si algo distingue a Chile del resto de Latinoamérica, es su capacidad de alerta temprana. En 2022, la fuerza recibió dos Boeing E-3D Sentry transferidos por la Real Fuerza Aérea Británica, que reemplazaron al veterano EC-707 Cóndor dado de baja por obsolescencia. Con esa incorporación, el país se convirtió en el único de Sudamérica con una plataforma AEW&C de capacidad estratégica probada en combate real, empleada por la OTAN desde la Guerra del Golfo.

El Sentry no es un avión fácil de operar ni de sostener. Su mantenimiento quedó confiado a ENAER para la célula y a su filial DTS para la aviónica y el radar, con un horizonte de operación estimado en más de veinte años. Esa apuesta le dio a Chile un panorama situacional que ninguna fuerza vecina puede igualar, capaz de vigilar cientos de kilómetros de espacio aéreo, marítimo y terrestre sobre un territorio tricontinental.
En Salitre 2026, el E-3D Sentry desplegó desde Cerro Moreno y aportó control aéreo bajo estándares OTAN a un ejercicio multinacional. Ese rol confirmó la madurez alcanzada por las tripulaciones chilenas en apenas cuatro años. A la capacidad de vigilancia se sumó una flota de enlace y transporte VIP compuesta por Gulfstream IV y Citation CJ1, que garantizó movilidad al alto mando. La combinación de ver primero y llegar rápido definió buena parte de la ventaja chilena.
Transporte y reabastecimiento, un alcance tricontinental
La geografía chilena, que se extiende desde el desierto de Atacama hasta la Antártida, exigió una flota de transporte robusta. El núcleo lo aportaron los C-130 Hércules en versiones B y H, complementados por los KC-130R con capacidad de reabastecimiento en vuelo. ENAER encaró además la modernización de estos veteranos con el sistema de hélices NP2000, una mejora que buscó extender su vida operativa más allá de 2040.

El reabastecimiento estratégico marcó otra diferencia regional. La fuerza operó dos KC-135E Stratotanker, cisternas de gran capacidad que multiplicaron el alcance de los cazas en misiones de largo aliento. Muy pocas fuerzas aéreas latinoamericanas dispusieron de tanqueros pesados de ese porte. A ellos se sumaron un Boeing 767 y dos Boeing 737 configurados para pasajeros y carga, que cubrieron los tramos de mayor distancia y los despliegues fuera del territorio nacional.
En el segmento táctico, la institución apeló a los DHC-6 Twin Otter, aviones ligeros ideales para pistas cortas y zonas australes de difícil acceso. Estos aparatos sostuvieron el puente aéreo hacia bases remotas y hacia la Antártida, donde la logística depende por entero del ala fija. La suma de transporte pesado, cisternas y aviones tácticos le dio a Chile una autonomía logística que pocos vecinos alcanzaron. Ese alcance propio, sin depender de terceros, resultó decisivo para sostener operaciones a escala continental.
Entrenamiento y helicópteros: la base de la Fuerza Aérea de Chile
Ninguna flota de combate se sostiene sin una sólida cadena de formación, y ahí la Fuerza Aérea de Chile mostró músculo propio. La Escuela de Aviación instruyó a sus pilotos con los T-35 Pillán, un entrenador básico diseñado y fabricado por ENAER, apoyado por algunos Cirrus SR22T para vuelo por instrumentos. La escuadrilla acrobática Los Halcones, embajadora de la institución, voló los modernos Gamebird GB1, con los que renovó su repertorio de exhibición.

El relevo generacional ya está en marcha. ENAER desarrolló el T-40 Newén, evolución del Pillán, cuyo prototipo se presentó en FIDAE 2026 con un avance cercano al 97% a fines de 2025. La producción en serie se proyectó a partir de 2027, lo que aseguró continuidad industrial y soberanía en la formación de pilotos.
El componente de ala rotatoria completó el cuadro. Los Bell 412 SP/EP cumplieron tareas utilitarias de tamaño medio, mientras los veteranos UH-1H sostuvieron el transporte ligero. Para búsqueda y rescate y transporte de mayor porte, la fuerza incorporó los S-70, versión militar del Black Hawk. Los Bell 206 completaron el escalón liviano y de enlace. Esta variedad le permitió responder tanto a emergencias y catástrofes naturales como a operaciones militares en toda la extensión del país. La combinación de escuela propia, industria nacional y flota de helicópteros diversa consolidó una autonomía difícil de replicar en la región.
La proyección: modernización y desafíos pendientes
El panorama a mediano plazo combinó fortalezas consolidadas y decisiones aún abiertas. En el plano positivo, la modernización de los F-16 al estándar M6.6, el nuevo entrenador T-40 Newén y el sostenimiento asegurado con BAE Systems dibujaron una fuerza con vigencia garantizada hasta bien entrada la década de 2040. La capacidad de alerta temprana, única en Sudamérica, le otorgó a Chile una ventaja cualitativa que ningún vecino ha logrado igualar.
Las brechas, sin embargo, existieron. El reemplazo de los F-5 Tigre III quedó como la gran definición pendiente, y su demora condicionó el volumen futuro de la flota de caza. El transporte táctico también mostró tensiones, y el Congreso chileno observó con atención las compras de sus vecinos y las carencias propias en aviones medianos. Y el sostenimiento de plataformas complejas como el E-3D Sentry demandará inversión sostenida en sensores, personal y logística durante los próximos años.
Aun con esos desafíos, el balance resultó contundente. Ninguna otra fuerza aérea de la región reunió, bajo un mismo techo, caza de cuarta generación en plena modernización, vigilancia aeroespacial estratégica, reabastecimiento en vuelo propio e industria aeronáutica nacional capaz de fabricar sus propios entrenadores. Salitre 2026 fue apenas la última demostración de esa combinación.
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