La llegada de los primeros seis F-16AM/BM a la Argentina, en diciembre de 2025, marcó un quiebre en la historia reciente de la Fuerza Aérea Argentina (FAA). Después de casi dos décadas sin capacidad de combate supersónico, la institución volvió a contar con un caza de cuarta generación. Pero la modernización de la FAA no se agota en el ala fija de combate. El Programa Peace Condor II, que organiza la integración operativa de los Fighting Falcon, dejó en evidencia que un caza multirrol no rinde su potencial máximo si opera solo. Necesita cisternas que le extiendan el radio de acción, transporte estratégico que sostenga la logística detrás de la flota, y ojos en el cielo que multipliquen su capacidad de detección. Esa tríada, caza, reabastecimiento y alerta temprana, es la que hoy define el horizonte de la Fuerza Aérea Argentina.


La modernización de la FAA no se agota en el F-16
Antes de la firma del contrato con Dinamarca, la Fuerza Aérea Argentina intentó sostener su capacidad de combate supersónico a través de un proyecto de modernización de los A-4AR Fightinghawk, pensado como solución puente hasta la llegada de un caza de nueva generación. Ese programa de actualización, sin embargo, se atrasó año tras año, y la flota de A-4AR terminó operando mucho más allá de su vida útil prevista mientras se esperaba el reemplazo. Ese atraso no fue solo un costo operacional. La flota acumuló varios accidentes fatales a lo largo de casi dos décadas de servicio extendido, el último de ellos en julio de 2024, apenas meses antes de la llegada de los primeros F-16. El desgaste del sistema de armas terminó pagándose, en más de una ocasión, con vidas de pilotos. El resultado fue un vacío operativo de casi una década, en el que la FAA quedó sin capacidad de combate aire-aire moderna, un antecedente que explica buena parte de la urgencia con la que se gestionó, más tarde, la compra de los F-16.
Durante enero de 2026, una delegación de la FAA viajó a la Base Aérea Davis-Monthan, en Arizona, para participar de un intercambio de conocimiento con Air Forces Southern (AFSOUTH), en el marco del Programa Peace Condor. El encuentro abarcó desde medicina aeroespacial hasta procedimientos de búsqueda y rescate de combate, con la 305th Rescue Squadron mostrando capacidades que resultan clave para la supervivencia de los pilotos. La delegación también visitó la Base Aérea de la Guardia Nacional en Morris, donde observó el entrenamiento de pilotos del 162nd Wing, unidad que forma pilotos de F-16 de múltiples países aliados.
Ese intercambio se dio en el marco de un proceso más amplio de consolidación que incluyó, en marzo de 2026, las primeras pruebas de rodaje de los F-16 en el Área de Material Río Cuarto, antesala de los primeros vuelos con matrícula argentina. En paralelo, la FAA avanzó en la implementación del sistema ILIAS, una herramienta de gestión logística que integra inventarios, trazabilidad de componentes y mantenimiento de flota, y que alinea a la institución con los estándares de interoperabilidad que aplican las fuerzas aéreas de la OTAN. A esto se sumó la contratación de la empresa Top Aces, en el marco de una Letter of Agreement con el gobierno de EE.UU., para la formación de instructores nacionales que reduzcan la dependencia externa en la capacitación de tripulaciones.
Todo esto confirma que la modernización de la FAA es, ante todo, un proceso de sistemas. El F-16 es la punta visible, pero detrás hay una arquitectura logística, doctrinaria y de sostenimiento que recién empieza a tomar forma, después de años de esperar un reemplazo que se demoró más de lo previsto, y de accidentes que no debieron esperar tanto para tener respuesta.
Peace Condor II: consolidando el sistema de armas
El Programa Peace Condor II es el nombre que la Fuerza Aérea Argentina le dio al proceso de integración plena de los F-16AM/BM adquiridos a Dinamarca. Hacia fines de marzo de 2026, un equipo técnico del programa, junto a personal de la Agregaduría Militar en Washington, representantes de la Organización de Adquisiciones y Logística del Ministerio de Defensa danés y especialistas de Lockheed Martin Aero, trabajó en la Planta 4 de Fort Worth, Texas, revisando actualizaciones y mejoras orientadas a fortalecer sistemas críticos y sensores que se implementarán en territorio argentino.

Actualmente, seis aeronaves ya operan en el Área Material Río Cuarto, en Córdoba, asignadas al Grupo 6 de Caza, mientras avanzan las inspecciones de fase que garantizan el cumplimiento de los estándares del contrato de adquisición bajo modalidad gobierno a gobierno. La FAA analiza además la posibilidad de adelantar la llegada del segundo lote, previsto originalmente para fines de 2026, replicando el esquema logístico que se usó en diciembre de 2025. En ese entonces, el cruce del Atlántico de los primeros seis F-16 se hizo posible gracias al apoyo de aviones cisterna KC-135 de la Fuerza Aérea de EE.UU., que reabastecieron a los cazas en pleno vuelo durante la travesía desde Vojens hasta Río Cuarto, con escalas técnicas en España y Canarias.
Ese detalle no es menor. El propio ferry flight de los F-16 funcionó como demostración práctica de una limitación estructural: sin cisternas propias, la Fuerza Aérea Argentina depende de terceros para proyectar a sus cazas más allá de un radio de acción acotado. Peace Condor II resuelve la integración del sistema de armas F-16 en sí mismo, pero no resuelve, por su cuenta, la autonomía operativa que ese sistema necesita para cumplir su función en un país de las dimensiones de la Argentina.
Cisternas para el Vipers: la carrera por el KC-135R
El Jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, confirmó oficialmente la incorporación de aviones cisterna KC-135 Stratotanker al inventario de la institución, tal como reportamos en su momento. El anuncio se dio durante la ronda de prensa posterior a la ceremonia por un nuevo aniversario del Bautismo de Fuego de la Fuerza Aérea, en el marco del proceso de solicitud (Letter of Request) que la institución ya elevó para hasta dos unidades, bajo la modalidad Ramp to Ramp conocida como hot transfer.
El Stratotanker es un avión cisterna desarrollado por Boeing que lleva en servicio desde 1957 y constituye la columna vertebral de las capacidades de reabastecimiento aéreo de la USAF hasta el día de hoy. Con capacidad de transferencia de hasta 90.000 kilogramos de combustible, el KC-135 puede extender de manera dramática el alcance y la autonomía de los aviones receptores, eliminando la necesidad de aterrizajes intermedios para repostar.
La necesidad tiene una razón técnica concreta. Los actuales KC-130H Hércules de la FAA, aunque modernizados por FAdeA, usan un sistema de reabastecimiento tipo sonda-cesta, incompatible con el receptáculo dorsal que llevan los F-16. Solo una plataforma con pértiga rígida, como el KC-135, puede transferir combustible a un Fighting Falcon en vuelo. A nivel regional, Chile es el único operador de este tipo de sistema de armas, empleado para apoyar a su propia flota de F-16.
La incorporación no está exenta de obstáculos. La flota estadounidense de KC-135 sigue siendo un recurso de alta demanda, incluso mientras la USAF avanza con el reemplazo progresivo por el KC-46A Pegasus. La disponibilidad de células transferibles depende de factores externos a la Argentina, como quedó claro cuando la USAF debió recuperar un KC-135R desde el depósito de Davis-Monthan para cubrir una baja operativa tras el accidente de otro Stratotanker en Irak, durante la Operación Epic Fury. A esto se suma la competencia regional: Perú también avanza en la compra de F-16C/D Block 70 y va a necesitar sus propias cisternas.
Más allá del rol de reabastecimiento, la llegada del KC-135 tiene un beneficio adicional para la Fuerza Aérea Argentina. Al tratarse de una plataforma con capacidad de transporte de carga y personal, permitiría recuperar parte de la capacidad de transporte estratégico que la institución perdió tras la baja sin reemplazo de los Boeing 707, hace ya varias décadas.
El agujero del transporte pesado
La flota de transporte de la Fuerza Aérea Argentina atraviesa una etapa de sobreexigencia. Los C/KC-130H Hércules, que constituyen la columna vertebral del transporte táctico, ingresan de manera constante a las instalaciones de FAdeA para inspecciones programadas de mantenimiento mayor, lo que reduce su disponibilidad operativa en simultáneo. En materia de transporte estratégico, la situación es todavía más crítica. La FAA cuenta hoy con un único Boeing 737 T-99 «Islas Malvinas», que ocupó parcialmente el vacío dejado por los 707, pero que no tiene el alcance ni la capacidad de carga necesarios para suplir ese rol de manera integral.

La ausencia de una plataforma de transporte estratégico robusta quedó expuesta en dos episodios recientes. Durante la pandemia de COVID-19, la falta de una aeronave de este tipo limitó la capacidad argentina de repatriar personal y trasladar insumos críticos. Más tarde, los vuelos de apoyo logístico hacia Dinamarca, en el marco de la incorporación de los F-16, volvieron a evidenciar la misma carencia. La institución ni siquiera logró avanzar, en los últimos años, con licitaciones para sumar un segundo avión de rango extendido, algunas de las cuales terminaron dadas de baja.
Como parte de la respuesta a este cuadro, Valverde confirmó que la Fuerza Aérea trabaja en reforzar la aviación de transporte con la incorporación de nuevas unidades Embraer ERJ-140, que reemplazarán a los veteranos Fokker F-28 en sus últimos años de servicio. El ERJ-140 tiene capacidad para 43 pasajeros, un peso máximo de despegue de 21.100 kilogramos y un alcance superior a los 2.500 kilómetros, con aviónica moderna que incluye pantallas Flight Dynamics para aterrizaje en categoría CAT II. Se trata de un avance real, pero acotado: cubre el transporte liviano y de personal, no la brecha de transporte pesado estratégico que persiste desde la salida de servicio de los 707.
AEW&C: la pieza que la FAA nunca tuvo
El tercer elemento de la tríada es, paradójicamente, el que menos avanzó. La Fuerza Aérea Argentina nunca contó, en toda su historia, con una plataforma de Alerta Temprana y Control Aerotransportado (AEW&C). En el panorama regional, esa ausencia contrasta con la situación de sus vecinos. Chile reemplazó sus viejos Boeing 707 Cóndor por dos E-3D Sentry ex Royal Air Force, mientras que Brasil opera el binomio E-99/R-99, recientemente modernizado con apoyo de Saab bajo la denominación E-99M. Perú, por su parte, exigió que la compra de 24 nuevos cazas multirrol incluyera también el desarrollo de una capacidad AEW&C propia.
Un avión de alerta temprana no es un lujo adicional para una fuerza aérea moderna. Su función principal, detectar y seguir amenazas aéreas y marítimas a cientos de kilómetros de distancia, lo convierte en un multiplicador de fuerza que potencia directamente el rendimiento de los cazas. Además de la vigilancia, estas plataformas operan como centros de comando voladores, capaces de coordinar en tiempo real a cazas, drones y unidades de superficie en operaciones conjuntas. Sin ese nodo de coordinación, los F-16 argentinos quedan limitados a operar bajo control terrestre, con menor alcance de detección y menor capacidad de reacción ante incursiones no autorizadas.

Las alternativas que se barajan para la Argentina son variadas. Una de ellas es la conversión de los Embraer ERJ-140LR ya en servicio, en colaboración con la empresa nacional INVAP, que cuenta con experiencia previa en el desarrollo de radares. Otras opciones apuntan al mercado internacional, como el Saab 340 AEW&C, el E-2D Hawkeye o el GlobalEye de Saab, este último basado en el Bombardier Global 6000 e integrado con el radar AESA Erieye. Cualquiera de estos caminos enfrenta, sin embargo, un condicionante político: la tensión histórica con el Reino Unido por la disputa de Malvinas podría vetar la transferencia de ciertos componentes clave, tal como ya ocurrió con otras plataformas que la Argentina intentó incorporar en el pasado.
Qué significa completar la tríada
La prensa especializada viene insistiendo en un concepto que resume bien el momento que atraviesa la Fuerza Aérea Argentina: la tríada de sistemas. El F-16 es la punta de lanza, pero su potencial de combate depende directamente de que la institución logre sumar, en un plazo razonable, una plataforma de reabastecimiento en vuelo y una capacidad de alerta temprana. Sin esos dos complementos, un caza multirrol de última generación queda reducido a un sistema de defensa aérea de corto alcance, atado a las bases donde puede recargar combustible y sin capacidad de detectar amenazas más allá de su propio radar.
La modernización de la FAA, entonces, no puede leerse únicamente a través del F-16. El proceso incluye la carrera por los KC-135R, todavía sujeta a la disponibilidad de la USAF y a la competencia con otros países de la región. Incluye también la reconstrucción de una capacidad de transporte estratégico que la Argentina perdió hace décadas, y que el refuerzo con ERJ-140 apenas empieza a paliar. Y, sobre todo, incluye el desafío pendiente del AEW&C, una capacidad que la institución nunca tuvo y que hoy la deja detrás de Chile y Brasil en materia de vigilancia y control del espacio aéreo. Completar esa tríada, más que sumar aviones nuevos a la línea de vuelo, es la condición para que la Fuerza Aérea Argentina deje de operar por partes y empiece a operar como sistema.
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